Fame nervosa e alimentazione emotiva

Después del anterior identikit del hambre mental, toca sin duda profundizar el hambre emocional, también llamada hambre nerviosa. Otro fruto de la mente que conduce a una dieta no movida por las sensaciones físicas de hambre, saciedad, saciedad gástrica o “apetito celular” sino por las emociones.

Probablemente te ha pasado alguna vez de vivir un episodio de hambre nerviosa. De estar solo y aburrido en casa, y de la nada notar como surge en la mente la necesidad casi urgente de abrir la nevera y picar algo. También te hará ocurrido alguna vez de devorar algún alimento reconfortante en momentos de tensión, excediendo en las cantidades casi sin darnos cuenta. O de comer dulces tras una ruptura amorosa. O comer cuando alguien muere, y también de llevar comida en casa de quien está en proceso de duelo.

¿Cuántas veces hemos pagado nuestros dolores o frustraciones comiendo compulsivamente un alimento reconfortante para que nos hiciera sentir mejor?

Todos estos son ejemplos de alimentación emocional.

La comida que sustituye el equilibrio emocional, «llena el vacío» y nos mima

Son varios los elementos que nos permiten distinguirla el hambre nerviosa del hambre fisiológica (es decir, del hambre estomacal o celular) (Véase la figura).

El elemento identificativo fundamental para hacer un buen diagnóstico es que el hambre nerviosa está vinculada con nuestras emociones.  De hecho, aunque el término hambre nerviosa es el más frecuentemente utilizado para describir este fenómeno, sería más correcto llamarlo más genéricamente hambre emocional.

El estrés, la ansiedad, la tristeza, el enojo, un mal día en el trabajo, el aburrimiento o la frustración…  incluso la euforia o momentos de intensa felicidad, aunque sea menos frecuente. Cualquier situación que afecte en cierto grado nuestro estado anímico y nos «desequilibre» emocionalmente, podría ser un buen detonante para este tipo de hambre.

Aun así, no siempre estamos conscientes de que en situaciones similares a las antes expuestas, comemos en un tentativo de llenar un vacío que no está en el estómago, si no en el corazón.

La compulsión que nos empuja a comer sin hambre real suele esconder una dificultad en reconocer que sentimos malestar, identificar la verdadera origen de nuestro dolor y así gestionar nuestras emociones “difíciles”.

De hecho, la comida emocional funciona como una cortina de humo que no nos deja ver el verdadero problema y causa de nuestra hambre nerviosa. Y en la mayoría de los casos, simplemente es el síntoma de un “vacío” no estomacal si no que de una insatisfacción en otros aspectos de nuestra vida.

A menudo nuestra forma de comer refleja la forma en que vivimos y la manera en la que gestionamos nuestras emociones.

Cuando tenemos dificultades en reconocer y gestionar nuestras emociones, es más probable que el acto de comer se convierta en un intento ciego de cuidarnos aliviando el malestar difuso. Sin embargo, es importante que entendamos que la comida que introducimos en el estómago no llenará ese «agujero» que sentimos, ni placará el malestar de nuestro corazón.

Comida y emociones: una relación duradera

¿Cómo es que asociamos una dificultad en gestionar nuestras emociones con el acto de comer sin control?

La estrecha relación entre nuestras necesidades emocionales y la comida empieza desde muy temprana edad.

Cuando un recién nacido llora, las primeras tomas de leche se les ofrecen con la intención de saciar, pero también de consolar, calentar, tranquilizar, mimar, comunicar. Los padres saben que la causa del llanto no siempre es el hambre, pero aún no pueden comprender las señales de ese individuo “desconocido” y actúan por ensayo y error. Además, el niño amamantado encuentra consuelo y la comida se convierte así en una experiencia que une y tranquiliza a todos: placa el malestar del bebé, que se siente mimado y alimentado, y alivia a los padres, que se sienten capaces de responder a las necesidades del bebé.

¿Cuántas veces hemos escuchado  a padres o abuelos prometiendo a un niño un helado al chocolate, unas golosinas o su plato preferido en el intento de consolar su llanto o frustración?

La comida es una gran fuente de consuelo para los recién nacidos y los bebés y, a menudo, se ofrece para consolar incluso cuando el niño ya es mayor.

Sin embargo, el recién nacido primero y luego el bebé, en realidad, no piden específicamente leche a la mamá, sino simplemente la satisfacción de sus necesidades. Un bebé no es consciente ni ve su alimento, simplemente siente malestar y lo expresa con llanto. No lo sabe gestionar de otra forma.

Poco a poco, con los meses, los padres aprenden a distinguir el llanto del hambre del relacionado con otras formas de malestar físico o emocional (cansancio, dolor, aburrimiento, tristeza, frustración) y sus respuestas empiezan a diversificarse. E incluso el bebé, al obtener respuestas cada vez más variadas a su llanto, aprende que la saciedad o la succión no son soluciones universales para ningún malestar.

Pero la comida no ha perdido su capacidad de consolar…..

¿Qué puedo hacer si tengo una alimentación emocional?

Si reconocemos de tener episodios de hambre nerviosa, ponernos a dieta y concentrar nuestros esfuerzos en el peso es una manera de NO resolver el problema, sino que de entretenernos donde no hay posibilidad de crecimiento. De hecho, si llevamos una alimentación que fluctúa en función de nuestro equilibrio y desequilibrio emocional, añadir auto-exigencia a nuestro vulnerable estado anímico no hará que empeorar la situación.

Las dietas no funcionan porque la comida y el eventual sobrepeso son los síntomas, no el problema.

Es por esto que personalmente desconfío de los “trucos” conductuales que frecuentemente se aconsejan para contrarrestar los efectos del hambre emocional. Como, por ejemplo, reemplazar los alimentos reconfortantes (generalmente comida basura) por alimentos sanos y naturales como una fruta o un yogur. O distraer a nuestra mente cuando nos entra hambre emocional (salir a hacer deporte o a dar un paseo, realizar una actividad artística, meditar, leer un buen libro u hojear una revista…)

Todas estas opciones están bien para limitar los atracones de forma rápida y temporánea. Pero no buscan las raíces del problema que nos lleva a alimentarnos emocionalmente, simplemente tapan el síntoma. Es decir, a poco sirven en el medio o largo plazo.

Bucear y atender a las razones de fondo

La buena noticia es que el hambre nerviosa… tiene también su remedio.

Como dijimos antes, la comida reconfortante funciona como una cortina de humo que no nos permite ver el problema real y causa de nuestro hambre nerviosa. Y en la mayoría de los casos, es simplemente el síntoma de un “vacío” no gástrico, sino de una insatisfacción en otros aspectos de nuestras vidas.

Entonces, el primer paso para liberarnos de una alimentación emocional es pararse a escuchar el propio corazón, identificar nuestra insatisfacción y todas las emociones “difíciles” que estamos experimentando y reconocer de qué situación proviene.

El siguiente paso consiste en poner en marchas todos los recursos que tenemos para gestionar la situación y quizás aportar cambios en nuestra vida.

Esta toma de conciencia y responsabilidad es una alternativa maravillosa al hambre nerviosa ya que nos permite cuidarnos, escucharnos, comprender lo que nos hace sufrir y actuar para cambiar las cosas.

También agregaría que otro potente antídoto frente el hambre emocional es el cariño de los demás. Pedir y recibir abrazos y mimos, la escucha atenta o unas palabras de comprensión por parte de las personas que más queremos … siempre es un bálsamo por el alma.

Como Yan Chosen Bays describe en su libro Comer Atentos, “el corazón se alimenta a través de la intimidad con los demás”.

 

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