El hambre nerviosa o hambre emocional

Después del anterior identikit del hambre emocional, aquí os cito algunas sabias reflexiones de grandes profesionales y maestros de vida.

Comida y emociones difíciles

 “Las emociones en realidad son valiosos mensajes cifrados que nos dicen mucho sobre nosotros mismos. Si aprendemos a escucharlas y a dialogar con ellas, nos abrirán un nuevo horizonte vital, lleno de serenidad y mayor compresión de quiénes somos”. (R. Levy)

Los bebés están  sintonizados con los mensajes de su cuerpo.

Cuando esos comedores intuitivos van creciendo, comer va dejando de ser una parada de avituallamiento. La comida empieza a tener otras razones de ser. Se utiliza para calmar, distraer, andarse con dilaciones, insensibilizar, entretener, seducir, recompensar e incluso castigar. La antaño relación directa entre hambre, comer y satisfacción de nuestra infancia se enreda con todo tipo de pensamiento y emociones.

De adultos podemos encontrarnos con que hemos de apartarnos de cenar y obligarnos a no comer. El tema de comer ha alcanzado una importancia desmesurada, convirtiéndose en una especie de medicina instantánea para afrontar las numerosas presiones y ansiedades de nuestras vidas agitadas. Nuestro comer acaba siendo dirigido por muchas y distintas fuerzas, por muchos tipos de hambre.”

Que nos ha sucedido al hacernos adultos para que hayamos silenciado nuestra hambre natural?

“Por un lado, nuestro entorno nos ha enseñado hábitos vanos para relacionarnos con comer y la comida. Luego, nuestras mentes tomaron el control de nuestros cuerpos. La inteligencia que tuvimos de niños desapareció bajo la presión de nuestros ansiosos cuidadores” (J. Chosen Bays, Comer Atentos)

Por esto, es importante ir a explorar la relación con la alimentación desde sus orígenes más lejanos. Desde allí donde quizás se gestaron creencias limitantes, patrones aprendidos, primeros vínculos entre la comida y emociones, premios y castigos y…pautas de hábito reactivo. Mucho de lo que fue y de lo que rechazamos en su momento lo seguimos llevando con nosotros y nos condiciona en la mesa y en la vida.

Comida material y comida espiritual

Hambre emocional y la comida del corazón

Fui consciente del hambre de corazón a través de los comentarios de algunos participantes en nuestros talleres de Comer Atentos. Hablaban con nostalgia de lo que habían comido en festividades familiares, de platos preparados por sus madres cuando estaban enfermos, de comidas con personas a las que querían. Estaba claro que algunos alimentos no tenían tanta importancia como el humor o la emoción que evocaban. El hambre de estos alimentos surgía del deseo de ser amados y cuidados.

Alimentamos nuestro corazón cuando ponemos atención al prepararnos la comida, cuando nos tratamos como si fuésemos un invitado. Arreglar con cariño un plato cuesta muy poco y nos sentará mucho mejor que si comemos en un envase de cartón de los de llevar. Lo mismo digo de comer en una mesa con un bonito mantel y una vela, en lugar de comer de pie en el mármol de la cocina.” (J. Chosen Bays, Comer Atentos)

Mujeres y madres: constructoras de ámbitos de nutrición material y espiritual

Todo vínculo afectivo es también alimento espiritual.

La comida material que ingerimos, que introducimos adentro de nuestro cuerpo y que entra en contacto directo con los rincones más ocultos de nuestro ser interior, es manifiestamente análoga al origen de lo que somos y de lo que devenimos a cada instante. El hecho de procurar alimento y comer —acto que repetimos varias veces al día— es tal vez la principal actividad de todo ser viviente. A través de toda la historia de la humanidad, en todas las culturas, religiones, regiones del mundo y filosofías, lo que hacemos todos es comer.

Para sobrevivir. Pero también para nutrir el flujo vital constante. Nuestro crecimiento y desarrollo espiritual están íntimamente ligados al alimento. Por otra parte, todo vínculo afectivo es también alimento espiritual. De hecho, el primer vínculo humano, es decir, la experiencia de contacto que hemos recibido —o no— en brazos de nuestra propia madre, será reflejo de prácticamente todo nuestro futuro, porque aprenderemos a nutrir a otros y a ser nutridos según los parámetros de esta primera experiencia vital.

Profundamente, no hay grandes diferencias entre alimento material y alimento espiritual. Son dos facetas del mismo principio. Nos nutrimos de pan y de amor. Nos contaminamos con insecticidas o con envidia. Por eso es análogo que contaminemos el planeta o que comamos comida energéticamente vacía.

Vivimos tiempos muy duros, en los que la destrucción del planeta es una realidad cotidiana imposible de negar. Todos los seres humanos estamos implicados en este deslizamiento hacia la contaminación del agua, del aire, de la tierra y de la naturaleza en su conjunto. Asombrosamente coincide con una época en que la maternidad como símbolo de nutrición ha perdido todo valor social. Las mujeres y los varones hemos devenido tan estériles como los bosques podados. La circulación de la familia reunida o de la comunidad como eje central de las relaciones, va perdiendo sentido en medio del egoísmo y el consumo desenfrenados.

Al mismo tiempo, el valor del alimento armonioso ha perdido terreno en la vorágine de nuestra vida citadina.

El desarraigo y la distancia que aumentan cada día respecto a la tierra, los ríos, la selva y la naturaleza en todas sus expresiones es un hecho palpable, que las mujeres posiblemente sufrimos sin conciencia. Estamos lejos de los ciclos vitales naturales y cada vez más distanciadas de nuestros propios ciclos femeninos, que son expresión pura de nuestro contacto con el universo. Apuradas y con los relojes internos desajustados, no sabemos cuándo ovulamos, ni cuándo sangramos, ni cuándo comemos, ni cuándo soñamos. Nuestro nexo natural con la naturaleza viviente va perdiendo fluidez, armonía, tiempo y silencio. El alimento material nos resulta ajeno, tan ajeno como nuestro propio cuerpo, como el río más cercano que no conocemos, como la respiración pausada que no respiramos, como el ritmo cardíaco que no atendemos.” (Laura Gutman, La revolución de las madres)

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